INTRODUCCION

La definición de salud, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), incluye bienestar psíquico, físico y social. Es decir, incluye un equilibrio entre esas tres esferas en un ambiente adecuado y digno. En la actualidad, los sistemas de salud alrededor del mundo están propensos a colapsar porque los avances tecnológicos han impuesto una carga muy costosa a los medicamentos y equipos. Además, la epidemiología de las enfermedades ha cambiado y ahora las patologías no transmisibles o de transmisión social, representan más del 70% de las estadísticas de morbilidad general. Entre estos padecimientos se incluyen hipertensión arterial, diabetes, obesidad, cáncer, enfermedades pulmonares, cardiovasculares y trastornos mentales. Ante estos cambios, sin duda, la política sanitaria debe también cambiar.  La estrategia adecuada es la prevención.  

La prevención consiste en actuar oportunamente sobre los factores de riesgo para evitar que aparezca una enfermedad, y si esta aparece, tratar de evitar sus complicaciones. Una prevención adecuada requiere, fundamentalmente, de la participación conjunta de la población y del gobierno, en alianza con empresas privadas y organizaciones no gubernamentales. Se requiere romper con muchos paradigmas y comportamientos usuales o heredados sin evidencia de efectividad.  La OMS define la salud mental como el estado de bienestar en el cual el individuo es consciente de sus propias capacidades, puede enfrentar las tensiones normales de la vida, puede trabajar de forma productiva y fructífera y es capaz de hacer una contribución a su comunidad. Como resultado, la Agenda de Salud de las Américas 2030, de la cual Panamá es signataria, incluyó la salud mental como aspecto importante a reconocer ya que sin ella no se puede tener salud física. Nuestras poblaciones, además, están empezando a envejecer y la prevalencia de las enfermedades mentales aumenta con la edad. Por tanto, se deben estimular las investigaciones en este campo.

Uno de los principales desafíos de los trastornos mentales es que quienes los padecen entran en un “círculo vicioso”, porque la estigmatización resultante les impide conseguir trabajos adecuados y propicia que las personas afectadas y sus familiares mantengan ocultas dichas enfermedades, algo que dificulta la búsqueda de ayuda para controlar la condición, perpetuando así el problema. Todos debemos colaborar para resolver esta situación. Las enfermedades mentales no solo afectan a los pacientes, sino a toda la sociedad. 

El suicidio es una situación compleja, de causa multifactorial, en el cual intervienen factores psicológicos, sociales, biológicos, culturales y ambientales.  Uno de los aspectos más importantes y a la vez, sorprendentes para muchos, es que el hecho suicida es prevenible en la mayoría de los casos. Los factores que pueden estar asociados a suicidios son muy variables, pero en general se deben a un trastorno mental no controlado, adicción, soledad, envejecimiento, baja autoestima, enfermedad crónica y otras situaciones estresantes que afectan la conducta de una persona ante una situación particular.

La OMS y la Organización Panamericana de la Salud (OPS), desde hace varios años, han reconocido al suicidio como un problema relevante de salud pública y lo consideran un indicador de impacto que debe ser evaluado. Se trata de un proceso continuo que pasa por cuatro etapas muy claramente reconocidas y que precisamente hacen del suicidio una consecuencia prevenible. Estas etapas son: ideación suicida, planeación suicida, intento suicida y suicidio consumado.  El paso de etapa a etapa es muy variable y depende de muchos factores, entre los cuales está, por supuesto, la intervención externa, ya sea como bloqueador o como acelerador. 

Estadísticas  La mayoría de las personas que se suicida lo había intentado anteriormente. Muchas veces nos enteramos de eso después de consumado el suicidio.  Es precisamente esta situación la que dificulta la ayuda profesional oportuna: el tabú que existe del tema en la sociedad. La mayoría de las personas que se suicidan, como dijimos anteriormente, ha estado pasando por esto por muchos años, pero no se atreve a comentarlo por miedo a la estigmatización o discriminación.  

En el mundo, se quitan la vida cerca de 800 mil personas cada año; es decir, un suicidio cada 40 segundos. Es una cifra alarmante. Más preocupante aún es que el suicido representa la segunda causa de muerte, solo después del trauma, en la población de 15 a 29 años de edad, lo que conlleva un enorme impacto desde el punto de vista socioeconómico. Hay variaciones importantes según las regiones geográficas. En el continente americano, la tasa anual está alrededor de 11 casos por cada 100 mil habitantes.  En Panamá, la tasa de de suicido anda en 3.4 casos por 100 mil, pero con grandes variaciones entre las provincias, siendo el área de Azuero, en especial la provincia de Los Santos, la de mayor incidencia en el país -11.2 casos por 100 mil habitantes-, seguida por la comarca Ngabe Buglé y la provincia de Bocas del Toro. Conviene revelar, no obstante, que existe un potencial sub registro de suicidios, precisamente por el temor a reportar el evento y las consecuencias sociales correspondientes.  

EN PANAMA

El 85% de los suicidios en Panamá ocurre en varones. Mientras que las mujeres intentan suicidarse con más frecuencia, los hombres logran el objetivo más veces. Otra estadística importante a destacar es que el método más frecuentemente utilizado para el suicidio es el ahorcamiento, seguido por la intoxicación con plaguicidas y posteriormente el trauma. Estos hallazgos podrían probablemente estar relacionados a la región del país donde ocurre el suicido. Nuestra política de salud pública en este tema debe estar enfocada en la prevención. Resulta esencial, por tanto, divulgar a la comunidad que el suicidio es prevenible. La estrategia global debe enfocarse a:

    • Formar personal de salud, especialmente en el nivel primario de atención (centros de salud), para poder captar a la mayoría de las personas en riesgo. Ya se ha implementado una política de formación de psiquiatras, psicólogos y enfermeras para el manejo de estas personas. 
    • Identificación y tratamiento temprano. Esto es fundamental para prevenir los casos y reinsertar a la persona a una sociedad productiva. 
    • Garantizar la existencia y el acceso a los medicamentos para los trastornos mentales. 
    • Conseguir apoyo de la sociedad. Tenemos que empezar a eliminar la discriminación de las personas por enfermedades mentales, orientaciones sexuales, trabajos considerados indignos, personas con discapacidades, etcétera. Es la sociedad la que estigmatiza el problema, por lo que debemos eliminar la discriminación para poder reconocer a las personas que están en riesgo. 
    • Exhortar a la Información responsable en los medios y redes sociales. Este aspecto es sumamente importante, ya que los medios y su influencia en los jóvenes, pueden ser fundamentales para aumentar o disminuir los riesgos. Cuando se informa sobre un suicido debe tenerse mucho cuidado de evitar las imágenes y las especulaciones de las causas. Estos sucesos deben, en todo caso, servir para insistir en proponer la búsqueda de ayuda ante las ideas suicidas.  Es crucial saber que las noticias sobre suicidios pueden afectar a terceros.  
    • Restringir el acceso a las herramientas utilizadas para suicidarse (uso de armas, eliminación de los agroquímicos más tóxicos para los humanos, etc.), como parte de una política de Estado. 
    • Promover estilos de vida saludable, como reducción del consumo de alcohol, tabaquismo y drogas ilícitas, motivar el ejercicio físico y crear los espacios públicos necesarios para tales fines.
    • Estimular la investigación científico-clínica en el campo de la salud mental para poder avanzar en el conocimiento y conocer los factores de riesgo asociados a dichos trastornos en nuestro país.