Autora: Vannie Arrocha, Periodista.

Me gusta describir la psicosis como la incomodidad de ver dos canales al mismo tiempo. Yo me asustaba ante esta nueva experiencia y corría a acostarme, con la esperanza de quedarme dormida y que al despertar esa doble sensación hubiese desaparecido.

Antes que martes fue lunes y mi lunes fue la bendita depresión. Era una adolescente y la depresión se metió en mí para convertirme en una nube gris. Entonces, tuve falta de concentración, un sueño demasiado pesado (que me dificultaba levantarme por las mañanas e incluso me dormía estando de pie), y mucha inseguridad. Hoy, dos décadas después, estoy segura que fue la causante de que repitiera mi último año. En Geografía tenía un profesor que evaluaba nuestros conocimientos del acontecer nacional y yo estaba al tanto del panorama panameño, me gustaba su clase, pero no me atrevía a decir ni “A” delante del grupo. Fracasé en su materia. Me gustaba un chico inteligentísimo, roquerito y con cara de niño bueno. Por supuesto que nunca tuve el coraje para coquetearle. Durante un recreo, yo sentada e inamovible de mi silla, una de mis amigas me dijo que no iba a atraer a nadie con esa cara de angustia y esa tristeza que estaba emanando de mí de forma muy constante.

Mis cambios se debieron notar porque mi madre me llevó a un psiquiatra o psicólogo, no recuerdo cuál de las especialidades tenía, yo me porté rebelde, él se igualó a mí y el diagnóstico fue rebeldía de adolescente. Mi mamá le creyó. Entonces a los 20 cuando se juntó el hambre con las ganas de comer, es decir, la depresión y la psicosis, la vaina reventó bien duro. Sin embargo, apuntar alto fue y es parte de mi salvación.

A lo largo de mi vida, he tenido crisis; muchas veces deseé la muerte porque la vida me resultaba tan insípida como un macarrón sin salsa, sí, así mismo. Hoy, puedo decir que he luchado por voltear la tortilla y sacarle provecho a la depresión. Soy poeta, soy creativa y reflexiva (lo que me hace esmerarme por ser buena persona). Mi mayor satisfacción es decir que soy una mujer profesional productiva y autosuficiente. Sin embargo, de todo este aprendizaje, lo que aún me cuesta entender es porqué alguien cuando desea ofenderme me tira a la cara mi salud mental. Ese es un golpe bajo que solo demuestra cuánto falta sensibilizar a la ciudadanía en estos temas.

Me costó adaptarme a mis acompañantes; encontrar a la psicóloga que te empuja a comprometerte con tu bienestar, a la psiquiatra que te medica bien pero sobre todo te trata con respeto, y mientras eso sucedía: seguí viviendo. ¡Estoy viviendo! Y si no hubiera escuchado de la campaña Rompamos el Silencio jamás me hubiera atrevido a contar mi historia con nombre y apellido.