Autor: Cibeles de Freitas

La campaña y los paneles Rompamos El Silencio me atrajeron desde que los vi. Por alguna razón los casos de suicidio se habían intensificado en Panamá y principalmente entre gente muy joven. No pensaba que tenía nada que ver conmigo hasta que leyendo al respecto se me prendió una alarma: ¡claro que tenía que ver conmigo! Hacía un par de años había empezado a sufrir de ataques de pánico y aunque en mi caso no tenía que ver con depresión, sí tiene que ver con el cerebro y sus diferentes reacciones al estrés y a situaciones actuales y del pasado.

 Nadie entiende lo que es un ataque de pánico si no lo ha sufrido. Yo sentía, física y literalmente, como si me estuviera muriendo. Como si estuviera sufriendo un paro cardiaco. Con todos sus síntomas. Todo comenzó hace tres años, cuando estaba muy relax en mi casa viendo Netflix. Mi hijo estaba durmiendo a mi lado, me había puesto aceite de coco por todo el cuerpo y el pelo (no viene al caso pero sí tuvo que ver en un momento) y de repente sentí el corazón a mil por hora, una sensación de ahogo y no podía respirar. Caminé resbalándome por todo el cuarto (aquí el asunto del aceite) y llamé a mi mamá para que me llevara a urgencias. Allí llegué pensando que moría. Me hicieron toda clase de exámenes –incluyendo electrocardiograma– pero las doctoras no encontraron nada. Yo les decía que era imposible. Una de ellas mencionó ataque de pánico pero yo no le puse mucha atención. Realmente pensaba que era algo en el corazón y mi cabeza daba vueltas con mil pensamientos, porque mi papá murió de eso.

Allí inició un peregrinaje por médicos internistas y un cardiólogo que resultó ser un santo porque yo estaba como una loca histérica diciéndole que algo tenía que no estaba saliendo en los exámenes; me hizo un ecocardiograma… y nada. Seguí mi vida normal, pero con un leve miedo por lo que había pasado. Además nadie me entendía. Hasta que estando un fin de semana en la playa me volvió a dar. Mi terror era tan grande que calculaba la distancia hasta el hospital o centro de salud. Sufría callada tratando de respirar para normalizarme y rezar para no morir. En mi mente la palabra “muerte” no paraba de rondar y ¡era horrible! Era mental y físico: en el momento menos esperado me venía este espasmo, esta angustia, desde el fondo del estómago hacia arriba. No importaba lo que estuviera haciendo: aparecía en cualquier momento.

El punto de quiebre lo tuve cuando iba de vacaciones con unos amigos a disfrutar un concierto en México. Antes de despegar, estando el avión ya en la pista, mientras mis amigos hablaban alegremente, lo sentí venir. No les dije nada a ellos sino que llamé al sobrecargo más cercano y le dije que tenía que parar el avión porque me estaba infartando. La cara de todos, mis amigos y el chico, era de espanto. Fue un momento de estrés profundo y de decisiones. Mi gente comenzó a calmarme y el sobrecargo salió huyendo. El avión despegó y yo quedé respirando hasta que se fue pasando, pero cada vez estaba más preocupada. Estando ya en México, en un centro comercial me pasó dos veces más. Llamé al cardiólogo y le pedí que apenas regresara me pusiera un halter por 48 horas porque realmente algo estaba mal, muy mal. El doctor me repitió que no tenía nada, por lo menos no en el corazón, pero accedió, y el resultado fue el mismo: nada, por lo que me recomendó ir a una psiquiatra. Yo quería saber qué era lo que pasaba y ella llego a la conclusión de que eran ataques de pánico o ansiedad. Yo no había escuchado mucho al respecto y hasta me sonaba como algo que la gente con estrés se inventaba. Pero no: es muy real, lo resumo como un auto estacionado al que, sin ninguna razón, le empieza a sonar la alarma. Pueden ser miles de razones en los que un buen día estalla en forma de estos ataques, incluso en momentos de paz.

Hay diversas formas de tratarlo según indicaciones médicas; en mi caso con una pastilla diaria puedo controlar los ataques hasta hoy. Probablemente no podré tomarla toda la vida, pero el miedo de volver a sentirlos todavía me paraliza. He conversado con personas que los han podido controlar solo con terapia, pero no es mi caso.

Médicamente no hay una sola razón por la cual una persona puede tener estos ataques, pero imagina que estás en tu casa tranquilo, te asalta un ladrón y te acuchilla. Así de grave es lo que sentimos los que padecemos esto. Si tienes a alguien cercano con ataques de pánico compréndelo y acompáñalo a buscar ayuda. Y si eres tú quien lo sufre te digo que no estás solo y que todo tiene solución.