Autora: Camila Adames

 

Hace unos años, un amigo pasó por un periodo de depresión muy fuerte ligado a un evento repentino en su vida, y se apoyó mucho en mí. Pienso que hice lo mejor que pude como amiga en el momento para ayudarlo, pero francamente estaba improvisando. En retrospectiva, sabiendo lo que sé hoy, él exhibía varios comportamientos de riesgo de suicidio, o por lo menos de hacerse daño, y no actué de la manera correcta. No llegó a ocurrir nada de qué lamentarse, pero el sentido de impotencia y el terror de que le podía estar haciendo daño a mi amigo en mi ignorancia no lo he olvidado. 

Antes de la campaña Rompamos El Silencio, jamás había escuchado a un Ministro de Salud decir la palabra ‘suicidio,’ y mucho menos describirlo como un problema de salud pública. Esa noche aprendí que el suicidio se puede prevenir, cómo intervenir, que jamás se debe prometer silencio a una persona que muestra señales de alerta, y que es mejor perder una amistad que perder un amigo. Los testimonios de Ada y Camila reafirmaron, en las palabras del Dr. Vargas, que los suicidas no son cobardes ni valientes, son personas que sufren. Escuché a una señora de Los Santos expresar que ha perdido a siete personas cercanas por suicidio. Además, descubrí que hay aseguradoras en Panamá que les han negado cobertura a familiares de víctimas de suicidio. Fue una noche de aprendizaje, empatía y entendimiento. Como publiqué en Twitter esa noche, fue el conversatorio más interesante y emocionante al que he ido en Panamá, y, sin duda, salvará vidas.

Así como uno no se puede proteger de un peligro que no conoce, uno no puede proteger y ayudar a otros si no sabe detectar una señal de alerta. Nos puede ocurrir a todos, sin excepción. Por eso es crucial que se siga transmitiendo el mensaje de Rompamos El Silencio. Para saber prestarle atención a nuestra salud mental, para poder detectar cuando otros están pasando dificultades, y para saber qué hacer y cómo intervenir en caso de una emergencia.