AUTOESTIMA Y DESARROLLO SANO: PREVENIR DESDE LA CRIANZA.

Dr. Alvaro Gómez Prado – Psicólogo Clínico Y Psicoterapeuta

Los casos de riesgo de suicidio se han incrementado en la población general en los últimos años y, ayudados por la exposición que proveen las redes sociales y el internet, hoy día conocemos de más y más casos de intentos suicidas en niños, adolescentes y adultos. Luego de dedicar par-te de este libro a estudiar estadísticas y conocer algunos números que representan este compor-tamiento es importante sumergirnos en otro tipo de análisis, más cualitativo y considerar una perspectiva menos curativa y más preventiva, para lo cual debemos responder algunas pregun-tas en términos sencillos:

¿Cuándo se producen las ideas suicidas?

Hoy día sabemos que las ideas suicidas, así como los intentos, suelen presentarse en personas que han pasado porun período de sufrimiento suficientemente largo. Este sufrimiento es subje-tivo, es decir, para una persona un período “suficientemente largo” podría ser de dos semanas mientras que otra persona podría pasar meses o incluso años de un sufrimiento psicológico determinado sin presentar ideas suicidas. Otro escenario en el cual se pueden presentar ideas suicidas es aquel en que los individuos no pasan por períodos largos de sufrimiento sino que el mismo se da en un período corto pero de mucha intensidad. Por ejemplo, algunas personas pueden tener eventos traumáticos puntuales que sean lo suficientemente dolorosos como para que el individuo presente una idea suicida o un intento con el fin de escapar de dicho dolor.

Y escapar del dolor o el sufrimiento psicológico o físico es lo que suele estar de fondo como la intención principal en la mayoría de los casos. Lo anterior quiere decir que en su mayoría las personas no quieren morir sino parar el sufrimiento que están experimentando. Lo que sucede comúnmente es que el monto, duración o intensidad de dicho sufrimiento sobrepasa la capaci-dad de lidiar que tiene la persona y entonces aparecen las ideas suicidas como tentativas de solución, porque, si somos realmente honestos, morir implica dejar de sentir todo tipo de sufrimiento. El problema está en que morir también elimina toda posibilidad de estar mejor, más sanos y más felices.

¿Eliminar el sufrimiento o aprender a lidiarlo?

Ahora bien, muchas personas llegan a la consulta de servicios de salud mental con la expectativa irreal de eliminar por completo las situaciones incómodas, dolorosas o de sufrimiento que se generan en la vida de manera natural. La realidad es que eliminar por completo dichas situaciones es imposible, dado que el mismo hecho de sentir y relacionarnos nos expone a sensaciones de pérdida, frustración, tristeza, separación y demás que suelen ser desagradables para los seres humanos de manera universal. Así que, en lugar de tener la expectativa de una vida sin sufrimiento, una opción mejor es trabajar en desarrollar la capacidad de las personas de lidiar con dichos sufrimientos, al menos con los llamados “sufrimientos normales de la vida”.

Esa capacidad de lidiar con estados emocionales desagradables no viene “de fábrica” con el individuo sino que se desarrolla desde los primeros años y a lo largo de toda la vida. Como todas las personas somos distintas algunas suelen tener mayor o menor destreza que otras al momento de tranquilizarse frente a estados emocionales como la tristeza o la soledad. Esta destreza depende siempre de varios factores, a saber: su biología (genética, constitución neurológica y demás) y su psicología (la naturaleza de vínculos afectivos desde el nacimiento hasta la adultez).

¿Hay algo que podamos hacer para prevenir?

Hasta ahora sabemos que los intentos e ideas suicidas aparecen en el momento en que las per-sonas agotan su capacidad de lidiar con situaciones de la vida, es decir de regular sus emocio-nes y tranquilizarse frente a los malestares. Sabemos también que esta capacidad depende de una combinación de factores, por un lado factores biológicos que se mantienen o mejoran cui-dando la salud física y, por otro lado, factores psicológicos que se mejoran teniendo relaciones familiares y sociales saludables desde etapas tempranas de la vida.

A continuación no profundizaré en aspectos biológicos porque no es mi área de especialidad pero ningún médico podrá negar que recomendaciones generales como una buena alimentación, descanso y actividad física apropiada a la edad son válidas para todas las personas. Sin embar-go, yo prefiero enfocarme en los aspectos psicológicos y de salud mental que suelen no discu-tirse con la frecuencia necesaria, así que de aquí en adelante me concentraré en describir aspec-tos importantes del proceso de desarrollo sano que todo individuo debería experimentar y que da, como resultado, a un ser humano adulto con una buena capacidad de lidiar con los sufri-mientos y dificultades de la vida

Autoestima y Gestión Afectiva

“Autoestima” es una de esas palabras que se han popularizado y acaban siendo mal usadas una y otra vez, al punto de perder el significado técnico que tenían originalmente en el campo de la salud mental. Para los propósitos de este texto podemos definir la autoestima como esa sensa-ción de que uno es valioso, esta sensación brinda seguridad a lo largo de la vida y afecta la manera en que nos tratamos a nosotros mismos y a los demás. Una buena autoestima nos empu-ja a cuidarnos a nosotros mismo y es importante saber que nadie nace con esa sensación, sino que la va desarrollando a través de la interacción con otras personas, desde los cuidadores pri-marios (padres, abuelos, etc.) hasta otros familiares, amigos, maestros y demás. Lo importante de este concepto es que el proceso que permite el desarrollo de una autoestima y auto cuidado sanos es el mismo proceso que facilita que las personas desarrollen una gestión emocional ade-cuada.

Con el término “gestión emocional” me refiero a la habilidad de un individuo de manejar las propias emociones. Para poder realizar una gestión emocional adecuada, la persona debe darse cuenta que está experimentando un estado emocional que es distinto de su estado general, debe poder saber cómo se llama lo que siente, qué le produjo dicha emoción, en qué otras situaciones la ha experimentado y de qué manera sana puede volver a unestado de tranquilidad. Esta ges-tión debe darse frente a cualquier emoción que diste de la norma de ese individuo, es decir, no solo frente a emociones desagradables como la tristeza o la rabia sino también frente a estados de entusiasmo, excitación o alegría excesivos que, aunque sean placenteros, si duran mucho tiempopueden afectar negativamente aspectos como la toma de decisiones y demás. Como dice el conocido refrán “todo en exceso es malo” y el objetivo de la gestión emocional sana es reco-nocer todo el espectro de emociones posibles, sentirlas en su justa medida y en las situaciones adecuadas y luego regresar a un estado saludable de tranquilidad.

Aprender a gestionar las emociones empieza, irónicamente, aprendiendo a reconocer los esta-dos del cuerpo y esto sucede desde los primeros momentos de la vida y depende mucho de quienes atienden al bebé desde el inicio. Para que un niño aprenda el nombre de lo que siente y pueda darse cuenta de las situaciones que le producen dicha sensación o emoción y luego aprenda la forma de tranquilizarse debe aprenderlo de sus cuidadores así que, a continuación, pasaremos de manera breve por algunas etapas de de la vida ejemplificando el comportamiento sano y explicando las razones para el mismo en términos de prevención.

El inicio de la vida

Cuando un bebé experimenta alguna necesidad física suele expresarla a través del llanto, el cual es casi la única forma de comunicación que posee en los primeros meses de vida. Cuando esto sucede, la madre (o la persona que le cuida) suele acercarse, identificar la sensación que tenga el bebé (hambre, sueño, frío, dolor, etc.) y satisfacer la necesidad que corresponda a través de alimentarlo, ayudarlo a dormir, regular su temperatura o hacer lo necesario para eliminar el dolor. Usualmente, a medida que se va dando este proceso, la madre (o el cuidador) suele ha-blar con el bebé, explicándole lo que sucede y nombrando la necesidad antes de tomar ac-ción para satisfacerla. Es común ver a mamás cambiando pañales mientras explican a sus be-bés lo sucedido con frases como “te orinaste, vamos a cambiarte el pañal y vas a estar mejor” , o levantando a su bebé y preparándose para alimentarlo mientras le dicen algo como “tienes hambre, ya es hora de comer”. ¿Vemos el patrón?

La idea de los ejemplos anteriores es observar que existen pasos específicos que se pueden se-guir al tratar a los bebés y que les ayudan, desde esas etapas tempranas, a asociar la sensación interna que van teniendo con el nombre que el cuidador le da y con la acción que se requiere para volver a un estado de tranquilidad. A saber, los pasos son:

1- Identificar la necesidad: puede ser necesidad de alimento, de descanso, etcétera.

2- Nombrar la necesidad: decir específicamente frases como “tienes hambre, necesitas co-mer” o “tienes sueño, estás cansado”.

3- Tomar acciones para satisfacer la necesidad: proveer alimento o arrullar al niño hasta lograr que duerma.

Esta serie de pasos durante la primera infancia sienta las bases para hacer ese mismo proceso en etapas posteriores pero, esta vez, en cuanto a otro tipo de estados internos, ya no referentes solo a necesidades físicas sino a necesidades emocionales.

NIÑEZ

 

Pasados unos años, una vez que los niños van adquiriendo mayor habilidad motora y de lengua-je, caminan, se mueven solos y pueden comunicar sus necesidades más básicas gracias a lo que han aprendido con el cuidador expresando “tengo hambre”, “tengo sueño”, “quiero ir al baño” o “me duele aquí” , otras situaciones de vida empiezan a tomar mayor relevancia y son nuevas oportunidades de aprendizaje. Un niño que se mueve solo y explora el mundo alrededor va descubriendo situaciones que le generan, ahora sí, estados emocionales y requieren que el cui-dador haga el mismo proceso que hizo en etapas anteriores pero ahora respecto de las emocio-nes del niño.

Es común encontrar, por ejemplo, a niños que corren, manejan bicicletas o juegan con otros niños y tienen accidentes menores, se caen, se lastiman y pueden sentir un gran número de emociones en cada caso. Por ejemplo, al caer de una bicicleta un niño podría asustarse, otro podría sentir vergüenza y un tercero podría golpearse y sentir dolor. En situaciones como esta el cuidador debe pasar nuevamente por los pasos que realizó desde que el niño era un bebé, a saber:

1- Identificar la emoción: revisar al niño con tranquilidad para determinar la gravedad de la situación e identificar lo que siente el niño, puede ser miedo, dolor físico, vergüenza, etc.

2- Nombrar la emoción y asociarla a la situación: decir específicamente frases como “te caíste de la bicicleta, y te asustaste” , “te caíste y te dio vergüenza” o bien “te golpeaste y te duele” , según sea el caso.

3- Tomar acciones para satisfacer la necesidad: abrazar al niño, ayudarle a levantarse, curar-lo, asegurarle que luego podrá intentar nuevamente y que seguro le irá mejor, etcétera. No es lo mismo un accidente que requiere una visita al hospital que un raspón en la rodilla que puede limpiarse mientras se anima al niño a intentar nuevamente. La acción a tomar dependerá de la gravedad de la situación pero siempre es una oportunidad para que el adulto dé el ejemplo de estar calmado frente a estas situaciones.

ADOLESCENTES

La adolescencia es un período particular en el cual el joven establece alguna distancia entre sí mismo y los cuidadores y se acerca al grupo de pares (otros adolescentes) con quienes realizará procesos necesarios para formar partes de su identidad que no puede consolidar con sus cuidadores originales. Esta tendencia a alejarse de los padres usualmente se manifiesta a través de peleas y la famosa “rebeldía” frente a las reglas impuestas por los adultos. La labor de los cuidadores es pasar nuevamente por el proceso de regulación emocional con los pasos identificados anteriormente, siempre teniendo en cuenta que la adolescencia es un momento de transición y conflicto entre la necesidad de faltar a las normas para sentirse independiente y la nece-sidad de incorporar dichas normas, lo cual requiere que los padres las mantengan de manera firme. El proceso iría más o menos así:

1- Identificar la necesidad: determinar si el joven necesita en ese momento la convivencia con su grupo de pares (amigos) o si está retando la autoridad de los padres para probar su reacción.

2- Nombrar la emoción y asociarla a la situación: decir específicamente frases como “sé que es importante para ti, pero en este momento no voy a dejarte salir hasta que cumplas con tus deberes” , o bien algo como “entiendo que estás ansioso por salir, puedes ir con el grupo pero debes regresar a la hora que acordamos, si no lo haces habrá consecuencias” , según sea el caso.

3- Tomar acciones para satisfacer la necesidad: permitirle salir o llevarlo y asegurarse de que se cumplan las consecuencias que se habían anunciado. Por ejemplo, si el chico llega luego de la hora deben implementarse las consecuencias que se dijo se producirían. No está de más dejar claro que las consecuencias nunca deben incluir golpes, abuso, maltrato ni otra forma de agresión o violencia. La idea de la consecuencia no es maltratar sino darle la sensación de seguridad al chico de que las reglas se cumplirán, no porque se merezca un castigo sino porque necesita la consecuencia para poder contar con que los padres hacen su labor. Podría parecer que este ejercicio de identificar la emoción o necesidad de nuestros hijos, reconocerla (nombrarla) y tomar acciones para que logren estar más tranquilos no tiene nada que ver con la prevención de suicidio en la juventud y la adultez, pero la realidad es que esto es un ejercicio de gestión emocional que todo niño debe hacer acompañado de un adulto que mantenga un estado de tranquilidad frente a las dificultades del niño. El resultado de esta repetición es un niño que no solo aprende a regular sus emociones sino que experimenta la empatía de su cuidador, el cual deja claro que entiende el estado interno del chico. Además, el chico desarrolla una buena autoestima al sentir que lo que le pasa es importante para alguien que, además de entender, se toma el trabajo de mostrar cómo se resuelven las situaciones.

Existe, sin embargo, una dificultad bastante común para los adultos y es la propia capacidad que tengan para regular sus propios estados afectivos antes de acercarse al niño o joven e iniciar el proceso que he descrito anteriormente. Es decir, si un cuidador presenta problemas de ansiedad, depresión o alguna dificultad para tranquilizarse y gestionar su propio estado emocional le será difícil reconocer las emociones del chico con claridad, nombrarlas y tomar las acciones necesarias para ayudarlo a regularse emocionalmente. En casos como este lo más importante es que los adultos busquen ayuda de profesionales de la salud mental (psicólogos clínicos, psiquiatras o psicoterapeutas) para sí mismos, de manera tal que puedan estar más listos para hacer su labor de cuidadores de la manera más sana posible. Los padres, madres y cuidadores en general se acercan a sus hijos con la experiencia personal que han tenido en sus propias historias de vida y eso puede facilitar o entorpecer el proceso de crianza de los chicos pero siempre hay posibilidades de mejorar y aprender a hacerlo mejor, para eso un poco de ayuda terapéutica nunca está de más.

 Un chico que ha desarrollado una buena gestión emocional estará mucho más listo para enten-der qué le sucede internamente, qué siente y cómo volver a un estado de tranquilidad frente a las dificultades de la vida, de manera tal que si enfrenta situaciones de sufrimiento emocional intenso en algún momento, podrá regularse por sí mismo o pedir apoyo ya que tendrá en su experiencia de vida la sensación temprana de que otra persona puede ayudarle a sentirse mejor y eso facilita que se acerque a familiares, amigos o profesionales de la salud cuando las dificultades de la vida lo sobrepasen.